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Camino de la Iglesia Verdadera

91. La Oración Familiar En La Práctica

Camino de la Iglesia Verdadera: orientación para almas hispanohablantes que buscan la verdad sin perder la paz.

Muchas familias saben que una casa católica debe rezar, pero no saben cómo empezar sin convertir la oración en una carga imposible. Algunos padres intentan demasiado de una vez y abandonan. Otros esperan silencio perfecto y nunca comienzan. Otros reducen la oración a momentos de emoción.

La casa debe rezar porque Dios es Dios y el hogar le pertenece. La oración familiar no es adorno religioso. Es una forma diaria de confesar que el día, la comida, el cansancio, el miedo, el trabajo, la enfermedad y la educación de los hijos están bajo el Señor.

Una regla sencilla y fiel suele formar más que una regla grande que se rompe en una semana. Una casa puede comenzar con:

  1. La Señal de la Cruz al levantarse.
  2. Una ofrenda breve de la mañana.
  3. Bendición antes y después de comer.
  4. Oraciones de la noche.
  5. Rosario familiar frecuente, aunque al principio no sea diario.
  6. Invocaciones breves en peligro, viaje, enfermedad o tentación.

No desprecie lo pequeño. Una oración breve hecha todos los días enseña más que grandes propósitos abandonados. La fidelidad repetida abre una senda en la casa.

Los niños deben aprender qué hacer con el cuerpo cuando rezan. Deben aprender a arrodillarse, juntar las manos, hacer la Señal de la Cruz, responder en voz clara, guardar silencio y permanecer hasta el final. Esto no es formalismo vacío. El cuerpo ayuda al alma.

Un niño que aprende a arrodillarse aprende que Dios está sobre él. Un niño que responde aprende que la oración no es sólo sentimiento privado, sino acto común de una casa bajo Dios. Un niño que permanece cuando se aburre aprende perseverancia.

Los padres no deben esperar que estas cosas aparezcan solas. Se enseñan con paciencia, repetición y corrección tranquila.

Los niños estarán inquietos. Habrá cansancio, distracciones, risas, peleas y resistencia. Eso no significa que la oración familiar sea imposible. Significa que la naturaleza caída necesita gobierno.

Corrija sin teatro. Si un niño juega, corríjalo. Si habla, corríjalo. Si se tira al suelo, levántelo. Si llega tarde por descuido, llámelo. Pero no convierta cada oración en batalla dramática. La meta es enseñar que rezar es deber y privilegio ordinario, no una guerra doméstica.

La oración debe ser seria, pero no amarga. Los hijos deben ver que sus padres quieren estar con Dios, no sólo terminar una obligación.

Los hijos perciben pronto si los padres consideran la oración como centro o como detalle negociable. Si el padre y la madre rezan distraídos, omiten la oración por entretenimiento, o actúan como si todo lo demás fuera más importante, los hijos entenderán la verdadera jerarquía.

El padre debe estar dispuesto a guiar, comenzar o al menos gobernar el momento. La madre debe ayudar a recoger el ambiente, ordenar a los pequeños y sostener la constancia. Si uno de los dos está solo en esto, que haga lo posible sin amargura. Una oración fiel de una madre o un padre puede guardar mucho más de lo que parece.

Algunas casas son ruidosas, pequeñas, divididas o espiritualmente desiguales. En esos casos la regla debe ser humilde, pero real. Una decena del Rosario con los hijos, una oración ante una imagen de Nuestro Señor, un Ave María antes de dormir, una lectura breve de catecismo: todo eso puede comenzar a cambiar el clima de la casa.

No espere a tener la casa ideal para actuar como católico. El exilio no cancela la oración. La hace más necesaria.

La casa que aprende a rezar junta aprende muchas cosas a la vez: obediencia, silencio, paciencia, reverencia, humildad y pertenencia a la Ciudad de Dios.