Volver a Camino de la Iglesia Verdadera

Camino de la Iglesia Verdadera

96. Primera Infancia Obediencia Apetito Y Voluntad

Camino de la Iglesia Verdadera: orientación para almas hispanohablantes que buscan la verdad sin perder la paz.

La primera infancia no es una sala de espera antes de la formación verdadera. Allí se trazan muchas líneas profundas. El niño aprende si el deseo manda, si el "no" significa algo, si las lágrimas gobiernan la casa, si la gratitud sigue al regalo, si el cuerpo debe obedecer, y si los padres pueden ser resistidos hasta que se cansen.

Por eso la primera infancia importa tanto. El primer gobierno de la voluntad comienza allí. Si los padres lo descuidan, la catequesis posterior tendrá que luchar contra hábitos que pudieron corregirse cuando aún eran pequeños.

La primera batalla no suele ser intelectual. El niño pequeño no necesita primero muchas explicaciones. Necesita aprender que no es el centro, que el deseo no es ley, que otras personas no existen para servirle, y que la autoridad de padre y madre debe ser obedecida.

Esto no significa tratar al niño con frialdad. Significa reconocer que el niño está herido por el pecado original y necesita gobierno. La ternura sin gobierno se vuelve consentimiento. El gobierno sin ternura se vuelve dureza. La casa católica debe evitar ambos errores.

Comida, sueño, dulces, juguetes, atención y comodidad corporal son lugares de formación. Si el niño nunca espera, nunca oye no, nunca soporta una incomodidad pequeña, y siempre recibe algo para dejar de llorar, el apetito empieza a mandar.

Un niño debe aprender a esperar. Debe aprender que no todo deseo se satisface. Debe aprender que el cansancio, el hambre breve, la frustración y la pérdida de un gusto no son tragedias. Estas pequeñas escuelas preparan para castidad, ayuno, paciencia, trabajo y obediencia.

La ciudad del hombre forma consumidores. La Ciudad de Dios forma almas capaces de ofrecerse.

El niño debe aprender pronto que una orden de padre o madre no es invitación a negociar, retrasar o probar límites. Esto no es porque los padres quieran dominio por orgullo. Es porque el niño debe ser liberado del gobierno de sí mismo.

La obediencia tardía repetida enseña al niño que la autoridad sólo cuenta después de resistir. Por eso conviene que las órdenes sean claras, proporcionadas y cumplidas. "Ven." "Deja eso." "Siéntate." "Pide perdón." "Hazlo ahora." La claridad ayuda al niño.

No dé una orden si no piensa sostenerla. La autoridad debilitada por amenazas vacías cansa a todos.

Las lágrimas no siempre son manipulación. Los niños sufren pequeñas penas con intensidad real. Los padres deben ser tiernos. Pero la ternura no significa rendirse.

Si el llanto cambia siempre la regla, el horario, la corrección, la oración o la decisión justa, el niño aprende un poder peligroso: que la emoción puede gobernar la verdad. Más tarde eso puede convertirse en excusa, chantaje emocional, victimismo o rechazo del deber cuando el sentimiento es fuerte.

Consuele cuando debe consolar. Pero mantenga lo que debe mantenerse.

La formación temprana es corporal:

  1. Venir cuando se le llama.
  2. Sentarse cuando corresponde.
  3. Permanecer en oración o comida.
  4. Usar voz moderada.
  5. Cuidar objetos.
  6. Dormir bajo regla.
  7. Levantarse bajo regla.
  8. No tocar lo prohibido.
  9. No interrumpir siempre.
  10. Reparar lo que dañó.

Estas cosas parecen pequeñas, pero enseñan que el cuerpo no es instrumento salvaje del impulso. Un niño que aprende esto recibe un gran bien para toda la vida espiritual.

Una infancia bien gobernada debe estar llena de afecto, juego, ternura, alegría y seguridad. El niño debe saber que es amado. Pero ese amor debe estar bajo orden.

El hijo amado con calor y gobernado con constancia está más seguro que el hijo consentido en todo y moralmente confundido. El consentimiento parece bondad en el momento, pero deja al niño inestable y difícil de guiar.

Los padres no buscan una casa silenciosa por comodidad propia. Buscan un alma que pueda rezar, obedecer, trabajar, confesarse, esperar y amar a Dios.