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Camino de la Iglesia Verdadera

68. Esperanza Sin Presunción

Camino de la Iglesia Verdadera: orientación para almas hispanohablantes que buscan la verdad sin perder la paz.

La esperanza católica confía en Dios. La presunción usa a Dios como excusa para no obedecer. Esta diferencia es muy importante en la crisis. Muchas almas dicen: "Dios entiende", y con esa frase justifican culto falso, pereza, impureza, cobardía, falsa obediencia o refugios inseguros.

Dios entiende todo. Precisamente por eso no debemos mentirle.

La esperanza es una virtud, no una emoción optimista. Se apoya en Dios porque Dios es fiel, poderoso y misericordioso. La presunción, en cambio, quiere los consuelos de la misericordia sin la conversión que la misericordia exige. Por eso puede sonar piadosa mientras mantiene al alma en peligro.

La esperanza también debe ser purificada cuando se habla de restauración. El alma puede desear que Dios restaure públicamente lo que los hombres han oscurecido, profanado o enterrado. Puede pedirlo con confianza. Pero no debe hablar como si conociera el tiempo, el modo, la forma política, o la extensión terrena de esa restauración.

Cristo vence. La Iglesia no puede faltar. La fe no perece. Pero Nuestro Señor preguntó: "Pero cuando viniere el Hijo del hombre, ¿pensáis que hallará fe sobre la tierra?" (Lucas 18:8). Esa pregunta mantiene humilde al peregrino. Le enseña a esperar sin fabricar mapas, a perseverar sin exigir consuelos visibles, y a confiar en la Providencia sin convertir la esperanza en profecía privada.

Así el alma no debe convertir el triunfo de Cristo en una predicción humana sobre calendarios, gobiernos, multitudes o modos visibles de restauración. Puede rezar por la restauración pública de la Iglesia y del culto verdadero. Debe hacerlo. Pero debe hablar con humildad donde Dios no ha revelado el detalle.

La esperanza dice: "Dios es fiel; por eso obedeceré aunque cueste." La presunción dice: "Dios es misericordioso; por eso no importa si obedezco." La primera honra a Dios. La segunda lo usa.

No llame esperanza a la decisión de permanecer donde sabe que no debe.

Tampoco llame esperanza a pensar que la verdad se volverá innecesaria porque la situación es difícil. La dificultad no cambia la doctrina. La soledad no hace lícito el error. La falta de consuelo no convierte una falsa obediencia en virtud. La esperanza da fuerza para obedecer precisamente cuando obedecer cuesta.

Dios ve cuando no hay Misa verdadera cerca. Ve la soledad. Ve los niños. Ve el matrimonio difícil. Ve el cansancio. Ve el miedo. No necesita que usted fabrique una solución falsa para ayudarlo.

La necesidad debe llevar a súplica, no a desobediencia.

La necesidad también debe volver al alma más pequeña ante Dios. Diga claramente: "Señor, no puedo fabricar sacramentos. No puedo fabricar autoridad. No puedo fabricar Iglesia. Dame luz, paciencia y fidelidad." Esa oración es más segura que una solución inventada para quitar el dolor.

No diga: "Dios me perdonará" mientras planea seguir en el error. Eso no es confianza filial. Es abuso. La misericordia llama al pecador a salir del pecado. No bendice el pecado para que el alma se sienta tranquila.

Si cayó, levántese. Si no sabe, pregunte. Si sabe, obedezca.

La misericordia de Dios es más grande que el pecado, pero no es enemiga de la verdad. Cuando perdona, limpia. Cuando levanta, manda caminar. Cuando consuela, no autoriza la mentira. El alma que espera de verdad acepta ser corregida por Dios.

Espere como hijo, no como negociador. Diga: "Padre, no veo todo. No tengo todo. Pero quiero obedecerte con la luz que me das." Esa oración agrada a Dios.

La esperanza sin presunción camina. No siempre entiende. No siempre siente. Pero no abandona la verdad.

El hijo no exige que Dios haga visible todo el camino antes de dar el primer paso. Obedece la luz recibida, evita lo que sabe peligroso, reza por lo que no entiende, y deja a la Providencia el tiempo y el modo de lo que sólo Dios puede resolver.