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Camino de la Iglesia Verdadera

94. Trabajo Deberes Y Utilidad En La Casa Católica

Camino de la Iglesia Verdadera: orientación para almas hispanohablantes que buscan la verdad sin perder la paz.

Una casa católica no forma hijos sólo con palabras religiosas. Los forma también por el trabajo, los deberes, el orden y la utilidad. Un niño que nunca aprende a servir en cosas pequeñas tendrá dificultad para entender sacrificio en cosas grandes.

La ciudad del hombre quiere hijos entretenidos, exigentes, sensibles a toda incomodidad y poco dispuestos a obedecer. La Ciudad de Dios forma hijos capaces de ayudar, esperar, cargar, limpiar, ordenar, estudiar, rezar y ofrecer.

El trabajo doméstico no debe presentarse siempre como castigo. Puede haber trabajos penitenciales cuando un niño debe reparar una falta, pero el deber ordinario no es venganza. Es parte de pertenecer a una casa.

Los hijos deben aprender que la casa no es hotel. La madre no es sirvienta. El padre no es máquina de proveer. Los hermanos no existen para soportar al perezoso. Todos, según edad y capacidad, deben contribuir.

Esto forma justicia. También forma gratitud. El niño que trabaja entiende mejor cuánto cuesta mantener una casa.

Asigne deberes concretos:

  1. Hacer la cama.
  2. Recoger ropa.
  3. Ayudar en la mesa.
  4. Ordenar libros y juguetes.
  5. Cuidar objetos comunes.
  6. Ayudar a hermanos pequeños.
  7. Estudiar con horario.
  8. Guardar silencio cuando otros descansan o rezan.
  9. Reparar lo que dañó.
  10. Terminar lo comenzado.

No basta decir: "Ayuda más." Diga qué debe hacer, cuándo debe hacerlo y cómo se considera terminado. La claridad evita muchas disputas.

La formación en el trabajo exige constancia. Si los padres corrigen sólo cuando explotan, el niño aprende a esperar la explosión. Si ceden siempre porque es más rápido hacerlo ellos mismos, el niño aprende inutilidad.

Corrija con firmeza. Repita. Enseñe. Haga que el niño vuelva y termine bien. No humille. No haga del trabajo una escena. Pero tampoco permita una vida donde todos sirven al niño y el niño no sirve a nadie.

El hogar católico debe matar el derecho imaginario a ser servido.

El trabajo prepara la vocación. El joven que no puede levantarse, ordenar su cuarto, cumplir una tarea o soportar una incomodidad difícilmente estará listo para matrimonio, sacerdocio, vida religiosa o cualquier deber serio.

La vocación no florece en una casa dominada por comodidad. Necesita disciplina, sacrificio, obediencia y alegría sobria en servir. El niño que aprende a trabajar por amor a Dios aprende que la vida no consiste en recibir, sino en ofrecerse.

Enseñe a los hijos a ofrecer pequeñas molestias: lavar cuando no quieren, estudiar cuando están cansados, ayudar cuando preferirían jugar, callar cuando desean responder mal. No presente esto como moralismo seco. Preséntelo bajo la Cruz.

Nuestro Señor trabajó, obedeció, cargó, sufrió y se ofreció. San José protegió en silencio. Nuestra Señora sirvió sin vanidad. Una casa católica debe respirar ese espíritu.

El trabajo humilde puede parecer pequeño, pero forma almas que no huyen del deber cuando Dios las llama.