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Camino de la Iglesia Verdadera

60. Celo Sin Amargura

Camino de la Iglesia Verdadera: orientación para almas hispanohablantes que buscan la verdad sin perder la paz.

El celo es bueno cuando nace del amor de Dios. La amargura es mala cuando nace de heridas no purificadas, orgullo, cansancio o desprecio. En la crisis, estas dos cosas pueden mezclarse. El alma dice que defiende la verdad, pero empieza a hablar como si odiara a todos.

Eso no es espíritu católico.

La amargura es peligrosa porque puede decir muchas cosas verdaderas. Por eso engaña al alma. No se corrige abandonando la verdad, sino purificando la intención, el tono y el corazón. La verdad debe pasar por un alma en gracia, no por un corazón que disfruta herir.

Fr. Frederick William Faber enseña que no hay santidad donde no hay odio de la herejía. Esa frase debe ser entendida con corazón católico. Odiar la herejía no significa odiar a las almas. Significa amar tanto a Dios y a las almas que se odia el veneno que las destruye.

Si su odio del error lo hace cruel, no está completo. Si su amor por las almas lo hace callar ante el veneno, tampoco está completo.

Hay que odiar la herejía porque roba a Dios Su gloria en las inteligencias y roba a las almas el camino de salvación. Pero precisamente por eso hay que amar a las almas atrapadas. No son trofeos de debate. Son almas por quienes Cristo derramó Su Sangre.

Vigile estas señales:

  1. Disfruta humillar.
  2. Se irrita cuando alguien pregunta lentamente.
  3. Habla más de enemigos que de Cristo.
  4. Ya no reza por los confundidos.
  5. Usa la verdad para sentirse superior.
  6. Descuida su propio pecado.
  7. Pierde ternura hacia su familia.

Cuando aparezcan, haga penitencia. No abandone la verdad. Purifique el modo de llevarla.

Una señal especialmente grave es perder la capacidad de compadecerse. Si ya no puede mirar a una familia confundida sin desprecio, si ya no puede rezar por un sacerdote extraviado, si ya no puede hablar de un alma engañada sin burla, el celo está enfermo.

El celo gobernado habla cuando debe, calla cuando conviene, corrige sin despreciar, advierte sin disfrutar el dolor ajeno, y vuelve siempre a la oración. No necesita negar la gravedad de la FSSP, la SSPX, el o la falsa iglesia. Pero habla de esas cosas con deseo de salvar, no de vencer.

La verdad no necesita ser servida por pasiones desordenadas.

El celo gobernado también sabe enseñar. No sólo declara conclusiones. Explica principios, acompaña pasos, soporta lentitud y distingue entre quien resiste la verdad con malicia y quien apenas empieza a ver. La medicina se aplica según la herida.

Cuando sienta que la crisis lo endurece, vuelva al Sagrado Corazón. Mire a Cristo crucificado. Él odia el pecado más que usted, pero murió por pecadores. Él denuncia a los falsos pastores, pero busca a la oveja perdida.

Ese es el celo católico: fuego bajo obediencia, verdad con caridad, firmeza con lágrimas.

Pida a Cristo un corazón que no haga paz con el error y que tampoco pierda lágrimas por los que yerran. Ese equilibrio no nace de temperamento. Nace de gracia, oración y penitencia.