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Camino de la Iglesia Verdadera

53. Confesar La Fe Sin Vergüenza

A gate in the exiled city.

La fe católica no fue dada para esconderse por vergüenza. Tampoco fue dada para exhibirse con orgullo. Fue dada para ser creída, amada, confesada y vivida. En tiempos de confusión, muchas almas callan porque temen perder amistades, familia, reputación, comodidad o paz exterior.

El temor humano es comprensible. No debe gobernar.

Nuestro Señor no pidió una fe secreta que nunca costara nada. El alma debe confesarlo con reverencia: en lo que cree, en lo que rechaza, en cómo reza, en cómo guarda la casa, en cómo habla de la Iglesia, en cómo evita el culto falso y en cómo soporta ser mal entendida.

Confesar la fe no significa gritar siempre. A veces significa responder sencillamente: "No puedo participar en eso, porque debo obedecer a la verdad católica." A veces significa no asistir a una ceremonia falsa. A veces significa enseñar a un hijo por qué la familia no vive como antes.

No se avergüence de la fe. Pero tampoco convierta cada conversación en una escena. La valentía católica no necesita ruido constante. Una palabra clara, dicha en paz, puede pesar más que diez discursos movidos por ansiedad.

La vergüenza dice: "No nombres el error." El orgullo dice: "Nómbralo para mostrar que sabes." La caridad dice: "Nómbralo cuando conviene al bien del alma."

Si la familia pregunta por qué ya no va a un lugar, responda con orden. No empiece con todo. Diga primero: "Cristo fundó una Iglesia verdadera. El culto y la autoridad deben pertenecer a esa verdad. No puedo tratar como seguro lo que está unido a la falsificación."

Si preguntan más, explique más. Si se burlan, no devuelva burla. Si se enojan, no entregue la verdad para calmar el momento.

La firmeza serena dice la verdad sin pedir permiso al miedo. No odia a las personas. No busca humillar. No negocia con el error. Esa firmeza es un acto de amor a Dios y de misericordia hacia las almas.

Confiese la fe. Hágalo con humildad. Hágalo con paciencia. Pero hágalo.