Camino de la Iglesia Verdadera
39. La Jurisdicción Y La Misión Católica
A gate in the exiled city.
La jurisdicción parece a muchos una palabra fría. No lo es. Trata del modo en que Cristo gobierna a Su Iglesia. La Iglesia no es una multitud de creyentes sinceros que se organizan por conveniencia. Es una sociedad visible, fundada por Cristo, enseñada por Cristo, santificada por Cristo y gobernada bajo Cristo.
Por eso el ministerio católico no puede reducirse a habilidad, necesidad o buena intención. Un hombre no se hace pastor legítimo porque sepa hablar bien, porque conserve un rito, porque tenga seguidores o porque vea errores reales. La misión católica no nace de la iniciativa privada.
La misión significa ser enviado. Nuestro Señor envió a los Apóstoles. La Iglesia continúa esa misión en orden, no en anarquía. El sacerdote no existe para construir su propia obra como dueño. Existe para servir dentro del orden de Cristo.
Cuando se pierde esta verdad, la religión se fragmenta. Cada grupo empieza a funcionar como si su necesidad bastara para crear autoridad. Pero la necesidad no fabrica jurisdicción. El hambre de sacramentos verdaderos no convierte en legítimo un ministerio sin misión.
La validez pregunta si un sacramento se realiza verdaderamente. La licitud y la jurisdicción preguntan si se actúa según el orden de la Iglesia. Ambas preguntas importan. El alma no debe decir: "Mientras sea válido, no importa nada más."
El matrimonio, la confesión, la predicación, el gobierno de almas y la vida no son actos aislados del Cuerpo de la Iglesia. Cristo no fundó sacramentos sueltos. Fundó una Iglesia.
Es verdad que la crisis crea circunstancias graves. Es verdad que muchas almas quedan sin acceso fácil. Es verdad que la falsificación ocupa edificios, títulos y estructuras externas. Pero la crisis no hace que cada uno pueda inventar autoridad.
El orden puede estar oscurecido. Puede estar reducido. Puede estar bajo persecución. Pero no deja de importar. La fidelidad en tiempos de confusión no consiste en tratar el orden como si ya no existiera. Consiste en buscarlo con más humildad.
Cuando examine un sacerdote o capilla, pregunte:
- ¿Quién lo envía?
- ¿De dónde viene su jurisdicción?
- ¿A qué autoridad reconoce?
- ¿Está separado de la falsa iglesia?
- ¿Su ministerio conduce a obediencia católica o a lealtad de grupo?
Estas preguntas pueden incomodar, pero no son irreverentes. Son necesarias porque las almas son preciosas y los sacramentos son santos.