Camino de la Iglesia Verdadera
12. Pecado, Gracia Y Conversión
A gate in the exiled city.
La crisis de la Iglesia visible ante el mundo no debe hacer que el alma olvide su propia conversión. Es posible ver errores externos y no arrepentirse de los propios pecados. Es posible condenar el culto falso y conservar orgullo, impureza, pereza, mentira, resentimiento o vanidad.
La verdad recibida debe juzgar primero al alma que la recibe. Cristo no llama al hombre a tener opiniones correctas solamente. Lo llama a morir al pecado y vivir en gracia.
El pecado no es sólo una equivocación, una emoción o una debilidad social. Es una ofensa contra Dios. Es desobedecer Su ley, preferir la criatura al Creador, y desordenar el alma que fue hecha para Él.
El pecado mortal destruye la vida de la gracia en el alma. El pecado venial hiere, debilita y dispone al alma para caídas mayores. Ninguno debe ser tratado como pequeño por costumbre.
El mundo moderno reduce el pecado a trauma, error psicológico o falta de autoestima. La fe católica lo mira con mayor seriedad porque ama más al alma. Lo que separa de Dios no puede ser llamado salud.
La gracia no es una emoción religiosa. Es don sobrenatural de Dios. Por la gracia, el alma es elevada, sanada, fortalecida y hecha capaz de vivir como hija de Dios.
Nadie se salva por fuerza natural. Nadie se convierte por personalidad. Nadie vence el pecado sólo por disciplina humana. La disciplina ayuda, pero la vida sobrenatural viene de Dios.
Por eso la conversión debe ser humilde. El alma debe cooperar, pero primero debe recibir. Debe rezar, arrepentirse, huir de las ocasiones de pecado, buscar los sacramentos verdaderos y lícitos, y pedir perseverancia.
La misericordia de Dios es inmensa. Pero no es permiso para permanecer en pecado. Cristo recibe al pecador para sanarlo. Llama al pecador fuera del pecado.
Una falsa misericordia dice: "Dios entiende, por tanto no cambies." La misericordia verdadera dice: "Dios conoce tu miseria, por tanto ven, arrepiéntete, recibe gracia y vive."
Esto importa en todo: pureza, matrimonio, modestia, obediencia, culto, verdad, familia y deber. Ningún pecado se vuelve seguro porque sea común.
Haga examen de conciencia. No lo haga como un ejercicio de desesperación, sino como acto de verdad ante Dios.
Pregunte: ¿He rezado? ¿He profanado el domingo? ¿He mentido? ¿He consentido pensamientos impuros? ¿He vestido o actuado contra la modestia? ¿He descuidado a mi familia? ¿He participado en culto falso? ¿He defendido errores por comodidad? ¿He odiado personas en vez de odiar el error?
Después haga un acto de contrición. Pida dolor por haber ofendido a Dios, no sólo por haber sufrido consecuencias.
La conversión debe tocar la vida real. Quite la ocasión de pecado. Ordene el horario. Guarde la vista. Cambie conversaciones. Repare injusticias. Pida perdón. Enseñe a los hijos. Deje la falsa paz.
No espere entender todo para empezar a obedecer lo que ya sabe. La gracia recibida hoy debe dar fruto hoy.
Lea también What Is Sin?, What Is Grace?, What Is Confession?, y Put Off the Old Man.